© 2013-2017 Cristina Merino Navarro


domingo, 11 de mayo de 2014

He descubierto que los demás cuerpos no se parecen al tuyo.
Que las noches no se hacen breves,
Que la eternidad estaba en ti y la perdiste.
No había noches en las que aguantara sus miradas,
Ni besara las ganas que tuvieran porque no existían.
Tus labios se sorprendían a cada pedazo de mi piel
Pero sus bocas estaban secas de incumplimientos.
Deseaba que la luz cegara sus ojos oscuros
E iluminara mi mente para discernir así que no había más cuerpos que el tuyo
Que yo quisiera recorrer con mis llagas,
Concedidas,
Después de mi propio ciclo de la pasión.
Imaginaba que mi descendimiento sería en tus manos
Y que tus brazos me portarían al sepulcro para que al tercer día
Sólo al tercero,
Nos levantaran las sábanas húmedas y destrozadas,
Y resucitáramos en el paraíso de otro Edén más caluroso.
He descubierto, que no quiero los otros cuerpos,
            Porque no se parecen al tuyo,
En el que podías desperdiciarlo todo y sacrificarte.
En el que la muerte no existía pues solo en tu cuerpo,
            En el tuyo,
Había vida.

11.05.2014.

C. Merino

miércoles, 30 de abril de 2014

Fantasma

Arrancabas las hojas de mis pensamientos caídas,
De un suelo vespertino.
Los pináculos atravesaban tu cuerpo
Ante mis ojos desencajados.
Las flores se marchitaron, como un edificio viejo,
Y los pétalos ennegrecieron tu luz tenue y clara.
Las ramas caían desprovistas de tu vida,
Ahogadas en tu sangre que manchaba la tierra,
Aguantando tu alma.
No proyectabas ninguna sombra bajo mis pies,
Cansados y delirantes,
Avanzando sin motivo hacia el vacío que proyectabas.
No se oía tu respiración agitada como imaginaba que estaría,
Ni desbocadas palpitaciones de tu corazón ensordecido.
Tus rodillas ahora encharcadas con el vino de Dionisio,
Jurando con el suelo tu permanencia fija e intacta.
[Preso de mis manos que no querían soltarse, separadas de las tuyas.]
El órgano te dedicaba sus últimas canciones,
Sancionadas por tus leyes absurdas acerca del cortejo cuando alguien muere.
A mí un muerto me dedicaba sus últimas notas que,
                [Después de entender que no las entendía]
Amenazaban mi calma.
Y no establecía reglas para matar al miedo.
Tu piel se retorcía en los grados previos al éxtasis de tu cuerpo agitado,
El lobo aullando provocando espasmos voluntarios bajo mis desnudez marmórea.
Y los pensamientos impuros, oscuros se van armando
Van imponiendo la voluntad del diablo
Y las cenizas,
Las cenizas del tiempo empiezan a arder entre nosotros.
La eternidad arde y nos separa.

30.04.2014

C.Merino

sábado, 26 de abril de 2014

Bueno, gente, os presento mi relato corto que no ganó en el concurso de Heraldo de 2014. Sin embargo, me encanta sobre todo por el recuerdo del lugar que usé para inspirarme. Muchas gracias...

Se podía oler ya a pueblo mientras perseguía el camino que me llevaba a la soledad majestuosa de Azanuy. Alcanzaba a ver la iglesia, siempre cerrada a los feligreses. Dejamos atrás rápidamente el cartel que indicaba que habíamos llegado a nuestro destino, que se mantenía como quien ha pactado con el diablo, viejo y eterno. Como yo. 

El sonido de unas jotas nos recibía, y poco después permanecí en la calle. Mis pies empezaron a andar solos, sabiendo ya dónde me llevaban. Alcancé a ver a lo lejos, mucho antes de llegar, la verja que daba paso a ese gran espacio cuadrado y amurallado. El sonido de su silencio me recordó a un tiempo lejano.

Me enfrenté a la visión de ese particular mar como si fuera algo que sólo existía en mi mente. Avancé despacio hasta que supe que debía pararme. Supe también que ahí estaba mi marido, tras el epitafio, enterrado después de que mis manos se hubieran encargado de su muerte. No hubo llanto. Sólo pronuncié un nombre.


C.Merino

jueves, 10 de abril de 2014

Qué quieres hacer, oscuridad, desoladora.
Ansiada amiga desaparecida entre las notas pausadas,
Entre los silencios de tu nombre.
Has reventado las esperanzas
Y el vacío que te has encontrado ha vertido tinta.
El viento dibujó un pozo negro en tus ojos
Y supe.
Como quien encuentra un tesoro.
Supe que en su polvo estabas tú, oscuridad, encerrada.
Como un hombre atormentado.
Sin nombre ni palabras para describir tu forma.
Qué quieres hacer, oscuridad, devastadora.
Contenida,
Como el pájaro sin su jaula.
Yo no puedo liberarte
Si tal prisión no está.
La jaula no existe.

10.04.2014

C. Merino

lunes, 24 de marzo de 2014

Me sentía distinta,
Encontrada en el letargo amargo de un día de borrachera,
Ansiando necesitarte entre mis brazos.
Como si pudiera sentirte.
Aunque me sentía distinta.
Y mis dedos intentaban acariciar las cuerdas que me sostenían,
Que me sacudían el cuello.
Las sogas se extendían a mí alrededor, desperdigadas tras algunos intentos.
Imaginaba que serían tus manos, acariciando mi yugular,
Y hacía como que sostenía tus ojos delante de los míos,
Como si pudiera verlos con mis cuencas vacías.
Me sentía distinta, desnuda imparcial ante tus monstruos.
Me sentía distinta, porque deseaba sin saber qué desear,
Sin sentirme asustada por las palabras.
Me sentía distinta.
Porque me moría de miedo a vivir, por si estaba muerta.
Porque tus manos eran las que me colgaban.
Tus labios me condenaban a una locura insensata de no poder tocarlos.
Y me sentía distinta, ante los éxtasis del movimiento
De mi cuerpo oscilante desde lo alto.
Me sentía distinta,
Queriéndote entre unos brazos que ya no me pertenecían.
Queriéndote en algún lado y sin encontrarme.
Me sentía distinta, entre intimidada e intimidante.
Me sentía distinta, porque haber entrado en mí
Había sido como derrumbar todos los pilares que me constituían,
Como acabar conmigo.
Como rasgar mis venas y dejar que me desangre.
Como colgarme, y empezar a sentir a partir de entonces.
Distinta.

24.03.2014

C. Merino

martes, 18 de marzo de 2014

Me siento engañada.
Escondida en los papeles de un ángel moribundo.
Dios se escondió y se apartó de mi camino
Cuando mis pies pisaron sus manos.
La sangre brota por mis brazos, como castigo divino.
Es la muerte que ha venido a buscarme.
Me acechaban ya tus ojos cuando aún no existías.
Recordaba el viento llevándose tu cuerpo
Y a los deseos amargos de un rencor más profundo.
Oía alguna melodía perdida en un limbo lejano,
Y a Dios retumbando con su poder caduco.
Porque ha muerto, y el hombre no ha llorado.
Hemos sido engañados porque la muerte ha venido.
Me ha susurrado palabras que mi mente no entendía.
Y con el rabillo del ojo he visto sombras acechando mi espalda.
La muerte ha venido, y no ha podido juzgarnos.
Dios ha muerto en una bacanal, ahogado en vino.
La glaciación ha dado paso a otros dioses,
Y no respondían a antiguos nombres de otros tiempos.
La glaciación ha hecho arder nuestro mundo.
Todos nuestros cuerpos han sido engañados, rotos y corrompidos.
Nuestros cuerpos han llorado.
Han salpicado las nostalgias con un babeo inconstante.
Y Dios ha muerto, dicen que hace tiempo lo mataron.
Nos engañó la muerte.
Y la fe ya no existía, no la encontramos.
Me han engañado, hablándome de una felicidad mojigata.
No existe tal sueño, no cuando la muerte ha venido,
Se ha paseado, me ha calibrado, y ha decidido que no me lleva.
Disfruta de mi miedo. Del pánico. De la oscuridad que se ha apoderado
De mi mente, aunque no de mi cuerpo.
Dios ha muerto, dicen. La muerte ha muerto, dicen.
Me han engañado, dicen…

18.03.2014

C. Merino

martes, 11 de marzo de 2014

No habría rincones escondidos entre dos cuerpos que no se conocen.
Se probarían las miradas y las lenguas se calibrarían.
No habría sangre en las telas, emulando a nuestra humanidad.
Ni tampoco nos importaría nuestro pasado.
Nos olvidaríamos de las sobras de los otros días,
Cuando aún no me sabías ni me habías probado.
No habría caras conocidas en tus ojos claros,
Sólo se encenderían las luces del alma cuando al alba
Te hubiera agotado a mordeduras,
A arañazos sonámbulos perdidos en los jadeos de nuestros dedos.
Habría rastreado tu olor con mis dientes por tu piel oculta,
Y habría saboreado el choque de nuestros colores,
De unas miradas incomprendidas suspendidas en un tiempo ajeno.
Solo despidiéndonos cuando nuestros cuerpos ya se conocieran,
Después de unos letargos de caricias salvajes y silenciosas.
Y aquí me encuentro, contándote qué hubiera pasado.
Dejándote con las ganas de haber vivido en  mi cuerpo,
De haberlo llamado hogar y yo haberte dejado.
Hubiera sido si no hubiera esperado a decir nada
Si lo hubieras dicho todo.
Hubiera sido si yo me hubiera atrevido a tiempo
Si te hubieras parado a pensar si habrías querido,
Hubiera, si te apetecía volar, y enseñarme a extender las alas.
Si me querías a mí. Si te daba igual.
Hubiera. Qué más da. Habría. Pero ya jamás.

11.03.2014

C. Merino